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Naël, 14 años. “Estaba en la calle, a unos metros de mi casa. Era el 26 de septiembre. Unos amigos me propusieron ir a jugar a fútbol. El partido comenzó. Éramos unos 20 de todas las edades. Apenas tuve tiempo de ver a tres miembros de la resistencia enmascarados y armados pasar cerca de nosotros.
Entonces sentí el impacto de una explosión, mi cuerpo se alzó y volvió a caer. Dos de mis amigos yacían a mi lado, muertos. Los otros estaban heridos. No perdí el conocimiento. Me acuerdo del más mínimo detalle, de todo lo que ocurrió. Mi primo llegó enseguida. Me daba por muerto.
Estaba mutilado por la explosión, perdí las piernas y un brazo. Mi hermano me llevó al hospital con el coche de los vecinos. Me mandaron de un hospital a otro como una pelota. Tras tres semanas de hospitalización, me dijeron que ya no podían hacer nada más por mí. Cuando me dieron el alta, no sabía qué necesitaba exactamente. Fue entonces cuando di con MSF que se ocupó de mis heridas y empecé las sesiones de quinesioterapia para evitar que mis músculos se debilitasen. Una psicóloga hace mi seguimiento porque que suelo padecer flashsbacks y no consigo conciliar el sueño por la noche.
Era bailarín de Dabka, el baile tradicional palestino. Hace cinco años que bailaba todos los días. Formaba parte de un grupo y tenía que ir de gira por el extranjero. Hace dos semanas que he vuelto a la escuela, en silla de ruedas. Mi clase es de fácil acceso. Me gustaría ser ingeniero en informática”.
Naïma, 43 años, herida en un hospital. “Me encontraba en casa cuando oí decir que había habido fuertes enfrentamientos con disparos, mísiles y bombas y que mi sobrino había muerto. Tuve mucho miedo y me sentí perdida. Fui a ver a mi hermano para saber si era cierto. Fuimos al lugar del accidente, vimos sangre y enseguida nos dirigimos al hospital.
Respiré hondo y entré. En el interior, la policía preguntaba ‘¿Quién es?’, señalando a mi sobrino que yacía en una cama. Todas las mujeres acudieron e hicieron frente a la policía. Yo imploraba: ‘Por favor, ¿Qué quieren de él? ¡Por favor, déjenle vivir por favor!’. Mientras les hablábamos, disparaban dentro del hospital. Muchos lloraban y se escuchaban gritos.
Empezaron a empujarnos. Recibí un primer balazo en el pie izquierdo. Como nos resistíamos, fueron a buscar refuerzos. Cogieron una silla de metal y me golpearon en la pierna derecha. Después cogieron una granada y le quitaron la clavija. Explotó. Llovían disparos por todas partes. No dejaban de repetir que iban a matarle. Yo ya no podía respirar, como si me quemasen los pulmones, tosía, pero continuaba gritando. Entonces, un hombre me disparó una segunda bala en el pie. Perdí el conocimiento. Toda la familia se precipitó para proteger a mi sobrino. Su madre también fue alcanzada por un disparo en la pierna, su tía en el hombro izquierdo, otra tía en el brazo y el pecho. Mi marido fue alcanzado en el pie y el muslo. Yo fui quien resultó más gravemente herida.
Quisieron mandarme a otro hospital pero era demasiado complicado. Era urgente extraer las balas ese mismo día, después esperé dos días par poder recibir más tratamiento ya más recuperada. Me dijeron que iban a intervenirme de nuevo una semana más tarde, pero todavía estoy esperando. Me dijeron que no había camas debido al gran número de heridos. El médico me advirtió que los fragmentos de granada podían causar infecciones, que tenía que taparme la herida pero como no tenía dinero no pude recibir el tratamiento que necesitaba. Fue entonces cuando di con MSF”.
Nour iba a buscar madera con su padre cerca de la frontera israelí, en una antigua colonia. Su carretilla fue objeto de disparos por parte del ejército israelí. Nour perdió el uso de tres de sus extremidades. Fue tratada en Gaza y en Israel. Más tarde entró a formar parte del programa de MSF donde recibe la asistencia básica que necesita y que su familia no podía costearse. Cada semana, se somete a seguimiento por parte de nuestra psicóloga.
Nour tenía una fractura en el pie y dolores neurológicos continuos. Cuando se sentaba, sistemáticamente levantaba horizontalmente y de forma muy dolorosa la pierna, le resultaba imposible flexionar el pie. En la clínica de MSF, le limpiaron regularmente las heridas y el quinesiterapeuta le acompañó durante seis meses. Sus movimientos progresivamente fueron más y más fluidos. Hoy puede andar con muletas, sus heridas se han cicatrizado, la fractura está todavía ahí pero puede desplazarse. El trabajo sigue.
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