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Llegar a tiempo
Mahaday es una clínica MSF situada a una hora y 20 minutos (tres horas en época de lluvia) de la maternidad de Jowhar. Halimo es una mujer somalí que ha venido desde lejos a la consulta del embarazo. Siente contracciones y que algo no está bien.
Fadumito, la matrona somalí encargada de la consulta, no escucha los latidos fetales y sospecha que el niño no viene en la posición correcta. Halimo tiene suerte, el equipo de personal internacional acaba de llegar al centro. Necesitamos trasladarla a la maternidad. En Mahaday no hay equipo ni capacidad para asistir su parto.
Emprendemos camino hacia Jowhar. Seis kilómetros antes de llegar, Halimo no puede más. Paramos el convoy. Como podemos y con lo que tenemos, intentamos intimidad dentro del coche. Abrimos la maleta de emergencia y asistimos el parto con lo que tenemos disponible. El niño tiene aspecto de haberse muerto varios días atrás. La situación es triste, pero Halimo se siente más tranquila tras expulsar el feto. De todas formas, necesitamos llegar a la maternidad ya que no sabemos cuantos días lleva con la bolsa rota y necesita antibióticos. Mientras las matronas (internacional y nacional) estábamos con Halimo; los guardas, conductores y el resto del equipo, han decidido cambiar la rueda de uno de los coches. Javier, el coordinador general en Somalia, se ríe. Se ha tardado más tiempo en cambiar la rueda que en asistir el parto. Continuamos viaje hacia Jowhar.
Cuando hacer lo humanamente posible no es suficiente
Nos llaman por radio desde la maternidad. Es una emergencia. La cirujana y yo corremos hacia el centro. La mujer ha llegado sangrando y con fuertes contracciones. Dolor abdominal y el tono uterino está aumentado. Diagnóstico: “rotura uterina”. Necesita una cesárea de urgencia.
Le explicamos a la paciente su critica situación, pero se niega a aceptar la decisión médica. En Somalia, la opinión de peso en estos casos la tiene el padre de la paciente o, en su defecto, el hermano mayor. Le explicamos a la familia la situación. Angustias, llanto, alboroto y demoras; él que debe dar la autorización está en el campo. Debemos esperar a que llegue. Volvemos a explicar una y otra vez a la familia la importancia de intervenir la antes posible. La lucha esta perdida para nosotros, no podemos contra “sus reglas sociales”. Sólo queda esperar. “Esperar”, lo único que no podemos hacer en una emergencia.
La paciente muere esperando que llegue él que tiene que tomar la decisión. Nosotros morimos entre la impotencia y al rabia.
Primer caso en Somalia
“M” tiene 16 años, acaba de llegar a nuestro consultorio acompañada de su madre. No les ha sido fácil la decisión de acercarse a la maternidad, las ha convencido un enfermero que trabaja con MSF. A solas, nos relata el incidente de esta mañana. “Estaba lavando ropa y fui a casa de mi vecino a colgarla. El señor me llamó desde la letrina. Pensé que necesitaba ayuda. Me acerqué y cerró la puerta detrás de mi. Me agarro de atrás, tapo la boca para que no gritara...” El relato continúa con lo imaginable. Se le ve como avergonzada, pero sin reacción aparente hacia lo ocurrido.
Le explicamos el procedimiento a seguir y en que consiste el tratamiento: prevención de enfermedades de transmisión sexual (STI, por sus siglas en inglés), contraceptivos de emergencia, vacunas, etc. Nos adelantamos a lo síntomas que puede sentir en los próximos días: falta de apetito, malestar general o estado depresivos, por ejemplo.
El examen y la entrevista terminan. La madre espera afuera. Le explicamos nuevamente a la madre el seguimiento del tratamiento, en que circunstancias consultar, el apoyo que “M” necesita tras una experiencia de este tipo y que día debe volver para el seguimiento. Pero no viene. Enviamos a la enfermera a averiguar que pasó.
Al día siguiente aparecen “M” y su madre. Ambas se ven contentas. El vecino y su familia han compensado económicamente a la familia. Para la madre todo esta saldado... ¿Y para “M”?
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