|
“En la ciudad de Pweto, 70.000 personas a orillas de un gran lago, alrededor del 10% de la población está muriendo y no lo sabe. Algunos de ellos, aquellos en los que la enfermedad ha empezado a manifestarse, intuyen lo que les ocurre y buscan desesperados un refugio, una salvación, pues saben que para esta enfermedad no hay cura y la muerte es el último paso tras un largo período de sufrimiento. En el país vecino ha diezmado hasta el 25% de la población adulta en algunos pueblos, condenándolos a la desaparición y a sus supervivientes, a los mecanismos de beneficencia. En aquel lugar, son extensas las campañas del estado dirigidas a su prevención, aunque realmente poco efectivas. De hecho, la prevalencia de la enfermedad en Pweto empezó a aumentar rápidamente cuando, al fin de la guerra, se abrió la frontera sur y el flujo de habitantes trajo consigo algo más que comercio. Sin embargo, en Pweto no existe ni conocimiento ni medios para tratar esta patología y los pocos médicos no saben reconocerla; los curanderos tienen más trabajo que nunca, pero también fracasan. Son las mismas gentes del país contiguo, inmigrantes que vuelven, antiguos soldados, mercaderes, quienes apuntan las primeras sospechas, pero los lugareños no están preparados para asumir esta enfermedad y de momento la atribuyen a castigos místicos o a dolencias más banales. Existe miedo a hablar de ella, basta señalar a alguien para convertirle en un paria; los enfermos, cuando los síntomas son evidentes, caen en una estigmatización desproporcionada y los miembros de las familias les ocultan, avergonzados. Los rostros de estos pacientes se han moldeado en la desesperación que sigue a la impotencia; sus miradas transmiten ganas de luchar, pero se apagan lentamente en el tormento de cada recaída.
MSF trabaja en este contexto desde hace más de cinco años y fue la primera organización en dar la voz de alarma al comprobar que hasta el 18% de los donantes de sangre eran positivos, un porcentaje tres veces mayor que en el resto del país. La pertinencia de la intervención en este contexto era tanta como las dificultades para llevarlo a cabo. La implementación del programa VIH/sida en Pweto, República Democrática del Congo, comienza en abril del 2007, tras largas y complejas negociaciones con el Ministerio de Salud, los representantes provinciales del Plan Nacional de Lucha contra el SIDA (PNLS) y las autoridades sanitarias de la zona (BCZS). El objetivo, establecer un programa horizontal de VIH donde se diagnostique y trate esta enfermedad en los distintos servicios hospitalarios como una patología más, capacitando para ello a los agentes de salud congoleños.
En agosto, tras cuatro meses de intenso trabajo y en medio de una epidemia de cólera, se arroja la primera mirada con perspectiva a las actividades VIH, con la sensación predominante de que se ha abierto “una caja de Pandora”. El 49% de los enfermos tuberculosos son VIH-positivos, el 85% de los casos con sospecha clínica hospitalizados y testados también. Cada vez con más frecuencia se derivan casos de sospecha desde otros centros en un “efecto llamada” tan positivo como inesperado. Se han visitado más de 80 pacientes y 13 han empezado tratamiento antirretroviral, pero la consulta donde se ven los casos de VIH y se hace el seguimiento está completamente desbordada. Más sorprendente, ha sido la reacción de la mayor parte de pacientes: la mejoría espectacular de muchos de ellos, simplemente por la profilaxis de enfermedades oportunistas y el apoyo nutricional (el 80-90% estaban desnutridos), junto a la certeza de que existe un tratamiento y de que alguien les ha tomado a su cargo, se ha traducido en una recuperación no tan solo psicológica, si no inesperadamente social. Enfermos que no se conocen de nada, pero que coinciden en la consulta, se hacen compañía los unos a los otros, pasan largas noches de guardia en el hospital cuando alguno recae, sus cuidadores se reparten las tareas, y las familias respectivas entablan relaciones que luego perduran en las comunidades. El miedo se ha disipado, sustituido por una esperanza imprevista de la que muchos participan. Los rostros sonríen, los pacientes se abren en las visitas. Un día, uno de ellos trae una conocida a la consulta porque le ha visto manchas en la piel parecidas a las que él tenía. El siguiente, dos pacientes que se han hecho amigos piden fondos para crear un club de lucha contra el sida. Una mujer que vive con el VIH, animadora social congoleña formada en Zambia, solicita que la contratemos para hacer sensibilización comunitaria. Parece como si una nueva luz se hubiera abierto camino en algunas salas del hospital.
El objetivo de nuestra fotógrafa, Marina Espriu, fue captar esta transformación tan formidable con su cámara y el resultado de su trabajo se puede ver en esta fotogalería [+].
RDC ha estrenado su primer gobierno con apariencia democrática tras 40 años de dictadura y una guerra que involucró a casi todos los estados de la región. Esta relativa estabilidad, junto al proceso de desmilitarización del ejército y grupos armados, ha permitido el retorno progresivo de desplazados y la apertura de fronteras con las vecinas Zambia y Tanzania. La llegada de poblaciones con una alta prevalencia de VIH ha facilitado la extensión de la enfermedad. A pesar de la existencia de un programa nacional de VIH y la recepción de cuantiosos fondos de la comunidad internacional, RDC ha demostrado hasta la fecha ser incapaz de gestionar los distintos e incipientes programas de VIH gubernamentales, por añadidura, su protocolo de prevención de transmisión vertical madre-hijo está obsoleto, existe una grave carencia de profesionales formados y el aprovisionamiento en medicamentos falla con regularidad. En respuesta, aquellas ONG que ya en la pasada década empezaron grandes programas verticales (exclusivos de VIH), a día de hoy se ven forzadas a prolongar su presencia en el terreno o transferir sus actividades a un ministerio de salud que no ofrece garantías. Por el contrario, el programa de MSF España en Pweto, una vía más sustentable en la que se integra el manejo del VIH en los centros existentes, entra ahora en una segunda fase: hay que seguir formando enfermeros y médicos en el diagnóstico y tratamiento del VIH, ampliar el servicio de asesoramiento y análisis voluntarios, desarrollar la prevención de la transmisión vertical con un protocolo adaptado y, por supuesto, interesar a la comunidad en todas estas actividades. El reto está lanzado, y dos argumentos nos animan a continuar: en primer lugar, aunque frágil, el programa es sostenible; es el mismo sistema quien diagnostica, trata y hace el seguimiento con nuestro apoyo. Pero sobre todo, la increíble respuesta de los pacientes y sus familias que ha significado la clave del éxito”.
|
 |
 |
|
 |